Cómo poner límites a nuestros hijos

Saber cómo poner límites a los hijos es una de las tareas más difíciles que enfrentan los padres durante los primeros años de vida de estos. Aunque, no nos engañemos, el reto se va a prolongar hasta bien entrada la adolescencia. 

En esta entrada queremos ofrecer algunas ideas prácticas sobre como deben ser los límites para que puedan ser aprendidos más fácilmente por los niños. Esperamos que te sea de ayuda.

Los límites deben hacer referencia a la conducta o conductas específicas que esperamos que nuestros hijos desplieguen en una situación determinada. Se trata de evitar orientaciones generales, que no les ayudan, e intentar más bien ser precisar qué es lo que específicamente esperamos de ellos y en qué momento o circunstancia lo esperamos. Así es mejor decir: “Después de jugar guardamos los juguetes en su sitio” que “después de jugar ordenamos los juguetes”. O algo, incluso más general, como “tienes que ser un niño ordenado” sin especificar en qué consiste eso de ordenar o de ser ordenado y/o en qué circunstancia lo esperamos.

Los límites son más fáciles de adquirir si son formulados de uno en uno, evitando pedirles muchos al mismo tiempo. Por ejemplo, “pedirle a nuestros hijos que cuando se relacionen con sus amigos o compañeros sean cariñosos, escuchen cuando les hablan, respeten los turnos en los juegos, compartan sus juguetes, etc”, es pedirles muchas cosas a la vez, especialmente si queremos que las aprendan. Si hacemos eso en realidad les estamos haciendo múltiples demandas en las que probablemente no podrán concentrarse bien y tardarán mucho más en adquirir esas conductas. Por ello, es más eficiente ir trabajándolas de una en una, de forma sencilla, y a medida que se consolide una poder pasar a la siguiente. Nos puede parecer demasiado lento pero es la manera más eficaz y eficiente de ayudarles a instaurar nuevas conductas y a consolidarlas.

Los límites deben ser formulados enfocándonos en la conducta que queremos que desarrollen nuestros hijos y no en la que queremos que dejen de realizar. Por ejemplo, en lugar de pedirles que “no griten cuando estemos conversando en la mesa”, pedirles que “cuando estemos conversando en la mesa hablemos suavemente para poder escucharnos todos”. De este modo, les ayudamos a centrarse directamente en el comportamiento deseado que, además, suele ser incompatible con el que tratamos de evitar o modificar. De hecho, decirles a nuestros hijos lo que no queremos que hagan no les orienta necesariamente a lo que queremos que hagan. Así le podemos decir a nuestro hijo “no se pega a tu hermano”, pero haciendo eso no le orientamos hacia lo que puede hacer en su lugar. Sin embargo, si le decimos “cuando tu hermano te haga enojar, búscame y juntos resolveremos el problema”, sí le orienta directamente hacia una alternativa posible de cómo esperamos que se comporte.

No hay mejor forma de educar que con el ejemplo, ya que la imitación es una de las formas principales de aprendizaje en los niños/as y, en realidad, en el ser humano de cualquier edad. De esta forma, si queremos que nuestros hijos tengan ordenado su cuarto también es fundamental que nosotros tengamos ordenado el nuestro. Si queremos que nuestros hijos colaboren en las labores del hogar, es importante que todos los miembros de la familia lo hagan. Si queremos que nuestros hijos no vean mucho la TV es importante que nosotros tampoco lo hagamos, si queremos que nuestros hijos lean, deberían vernos leer a nosotros. Si queremos que nuestros hijos se entretengan con juegos y juguetes diversos, más allá de las pantallas, nosotros también deberíamos saber hacerlo. Por supuesto, que nuestros hijos pueden aprender una nueva conducta aunque nosotros no la hagamos o hagamos lo contrario, pero la comprenderán, aprenderán y consolidarán mejor si nosotros les damos el ejemplo.

Los límites deben trabajarse de la misma forma hasta que, por diferentes circunstancias, decidamos cambiarlos. Si en la mesa establecemos como norma “conversar en un tono suave”, lo hacemos siempre y no solo el día que nos acordamos; si nos acostamos a las 8.00 pm los días de colegio, lo hacemos así cada día y no lo variamos en función de si ese día mamá o papa están a cargo de la actividad, o de si ese día nuestros hijos se ponen cargosos, etc. Esto no quita que hay que saber ser flexibles y contemplar excepciones para cada límite. En este sentido, lo importante con las excepciones es conversarlas con nuestros hijos, explicarles por qué hoy será una excepción y cuando termina la excepción. Por ejemplo, si viene una prima a dormir, puede ser que ese día se queden 20 minutos más jugando antes de dormir y le explicamos que mañana se volverá al horario de cada día; si vamos a casa de la abuela, que necesita que hablemos alto para poder escucharnos, le comentamos que no aplicaremos la norma de hablar bajito porque si no, no podremos conversar con la abuela; si nuestro hijo está jugando y, de repente, tenemos que salir corriendo a casa de un familiar y no le hemos dado tiempo para prever la recogida de juguetes, le explicamos, que lo podrá hacer después porque no le hemos avisado con la suficiente antelación; si vamos a una fiesta de cumpleaños y le regalan dulces, le explicamos que ese día podrá comer más porque se trata de una fiesta y está bien que celebre con sus amigos, pero que mañana volveremos a la cantidad de dulces permitida, etc.

Los límites deben ser adecuados a lo que nuestro hijo puede hacer de acuerdo a su edad y capacidad. A veces, podríamos estar pidiendo cosas a nuestros hijos que están por encima de su capacidad en ese momento y que por mucho que lo intenten no lograrán dominarlas. Por ejemplo, pedirles que lean 20 minutos cada noche cuando a lo mejor nuestro hijo todavía está aprendiendo a leer, y es una actividad que le lleva mucho esfuerzo, puede acabar generando en él aversión por la lectura; o pedirle que guarde los juguetes en muchos sitios diferentes, convirtiendo la actividad en algo muy pesado y complicado para él, le puede llevar a evitar realizarla y convertirlo en una batalla diaria, etc.

Los límites son en sí conductas que suelen ir seguidas de consecuencias lógicas y naturales. Es importante observar estas consecuencias y ayudar a que nuestros hijos las experimenten; de esta forma, podrán comprender mejor la importancia de realizarlas. Por ejemplo, con el tema de la comida, si pasado un tiempo razonable para la comida, 45 minutos, nuestro hijo ya no quiere comer más, le retiramos el plato, le dejamos ir y ya no come nada hasta la siguiente comida. Es posible que si no comió porque no le gustaba, al rato experimente cierta hambre y le toque esperar hasta la siguiente comida, no siendo una sensación agradable. Eso ayudará a que el próximo día, si se repite la misma circunstancia, trate de comer un poco más aunque no le guste. Sin embargo, si no comió porque no tenía mucho apetito, posiblemente su decisión fue buena, y no experimentará ninguna consecuencia aversiva de hambre. Al final, el límite queda claro para él: hay un tiempo determinado para comer en el que hay que decidir cómo nos alimentamos. De este modo, él va aprendiendo a decidir qué hace en ese tiempo: no comer porque algo no le gusta le llevará a pasar hambre y no comer porque no tiene suficiente apetito le permitirá conocer y respetar su propio ritmo y necesidad de alimentarse. Lo que no tiene sentido en el tema de los limites es poner consecuencias que no tienen nada que ver con la conducta que queremos enseñar. Por ejemplo, castigar a nuestros hijos sin ir al parque o ver TV porque no han querido comer, no les enseñará las consecuencias naturales de su conducta, ni a comprender aspectos relacionados con alimentarse como los que hemos mencionado anteriormente, sino solo a actuar para evitar las consecuencias por no comer lo que le piden, pero no aprenderá nada en relación con la alimentación, que es lo que nos interesa en este caso.

 

 

 

 

Loreto Santé Abal.
Psicóloga. Analista de Conducta
Ilustraciones: Concepción de Sagarra Moya
Psicóloga. Ilustradora.

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